La bruja

Forrexter/ Imágenes: unsplash.com

La bruja removía el contenido de su caldero con la mirada perdida más allá del horizonte; más allá de donde llegan los pensamientos humanos; más allá incluso de la conciencia de los mortales. Hacía mucho que su presencia en este mundo se ceñía a los trámites necesarios para que se la siguiera considerando un ser vivo: no le gustaban sus semejantes, no los comprendía y eso era algo que no se le había escapado a su aprendiz.

El muchacho la observaba trabajar. Sabía que era mucho más joven de lo que hacían ver los profundos surcos oscuros alrededor de sus ojos y, aún así, parecía anciana como el mismo tiempo: joven y vieja a la vez en una suerte de misterio que no podría desentrañar por mucho que viviese. Ella no se lo permitiría. Le enseñaría su arte hasta cierto punto y después lo despediría, como había hecho con tantos. Le dejaría ver lo que ella deseara que viese y, más tarde, le obligaría a marcharse con tan sólo unas briznas de su poder entre los dedos. Él lo comprendía, sabía que así había de ser; que así sería, de hecho, si la situación fuera la contraria. Ningún hechicero que se preciara se lo enseñaría todo a su alumno. Ninguno, jamás, permitiría que otro le igualase, pudiéndose convertir con ello en una potencial amenaza. Él obraría igual. Cualquier mago o brujo terminaba de formarse tras un proceso básicamente autodidacta puesto que, como rezaba el dicho tan extendido entre los de su gremio: “el poder de un hechicero era su voluntad, su voluntad era su poder”. Al final, tan grande como fuese la una, sería el otro.

Aún así, el aprendiz tenía que reconocer que ella le intrigaba. Apenas si murmuraba unas cuantas palabras a lo largo del día, como si quisiera desligarse del todo de cuanto era mundano pero, no obstante, había un indefinible no sé qué que todavía la ligaba al mundo de los vivos. Quizá fuera la forma en que se desvivía en la preparación de sus filtros y pociones; puede que la devoción que demostraba durante las horas que se dedicaba a estudiar sus arcanos volúmenes de hechizos. Como si en ellos intentara compensar alguna carencia del pasado, alguna frustración, una pasión que de ninguna otra manera podía expresar o, lo más probable, de ninguna otra manera deseaba expresar.

Porque él intuía algo oculto en el pasado de la mujer. Una gran pasión, se repitió para sí, que no tenía ningún tipo de relación con la magia y que presumiblemente ella había enterrado junto al resto de casi todo. Una gran pasión de la que había podido vislumbrar unos pocos destellos en las noches de placer que de vez en cuando compartían, ya que la bruja no dejaba de ser una mujer y, en consecuencia, de tener ciertas necesidades que, en ocasiones, compartía con su alumno. En esos momentos él veía, atisbaba más bien, pequeños retazos de la persona que había sido; del alma que había morado en aquel cuerpo y que, durante el resto del tiempo, nadie sabía dónde se encontraba con exactitud.

Dolor

La bruja se concentró en el contenido del caldero, que borboteaba y desprendía un aroma a canela y rosas. Era tan cálido que casi aliviaba el dolor helado que se había adueñado de su corazón mucho tiempo atrás. Sólo casi. La sensación de vacío, de pérdida, no la abandonaba nunca. Tampoco se esforzaba en que se fuera, cierto, puesto que el frío, la oscuridad, era lo único que le quedaba de otro tiempo en el que había experimentado algo parecido a la dicha. Se aferraba a dicha oscuridad con desesperación: era su dolor, su soledad, su vida; se amarraba a los recuerdos del pasado con la conciencia de que el futuro sólo le deparaba más vacío, más desesperanza, más soledad…

La mujer morena

La mujer morena llamó a la puerta tres veces. Al principio la bruja se resistió a abrir, reconociendo en ella la figura de alguien con quien no deseaba enfrentarse. Era el pasado que volvía, que se plantaba en la entrada de su torre sin haber sido invitado, cargando con él todo el dolor que se podía soportar. No, no quería verla. “Dile que se marche, siseó al aprendiz, haz que se vaya”.

La mujer morena insistió. Hubo un tiempo en el que la bruja había sabido su nombre. Incluso se había atrevido a desafiarlo… y había perdido. La mujer morena golpeó el aldabón con rabia, con una ira con la que demostraba a la dueña de la torre que no se iría, que había ido allí para verla, costase lo que costase, salvando la distancia que separaba a la hechicera con cualquier atisbo de civilización. Lo que tenía que decirle era importante. De suma importancia, de hecho, para ambas. En otro caso jamás se habría trasladado allí, pues nada tenía que tratar con una mujer que había intentado destrozar su vida y todo lo que le era querido.

Se odiaban. Las dos lo sabían. Pero sólo la bruja entretenía su tiempo en paladear ese odio, en saborearlo cada día, cada hora, cada minuto. Sólo la bruja lo mantenía en su interior; había logrado que fluyera por sus venas como la sangre. Lo había confinado allí, porque no desconocía que darle salida no era una variable a tener en cuenta. No ignoraba que ésa era una contienda que no había podido ganar en el pasado y que no admitía una revancha ahora.

La mujer morena atravesó el umbral. Apartó de su camino al aprendiz casi con violencia y subió las escaleras de acceso a la torre, al laboratorio de la bruja, sin apenas posar los pies sobre los escalones. Desde arriba, la hechicera se planteó que lo que la había arrastrado hacia allí debía ser crucial, ya que, de lo contrario, la otra jamás se hubiese aventurado a adentrarse tan profundamente en sus dominios. Tuvo que reconocer, casi a su pesar, que sentía curiosidad.

Frente a frente, ambas se observaron unos instantes. Lapsos de tiempo irrelevantes para cualquiera que no hubiera sido una de ellas, rebosantes de cólera, de resquicios de rencor consecuencia de una batalla librada años atrás. ¿Qué quieres, preguntó la bruja con la mirada? No tenía la intención de pronunciar palabras inútiles, palabras vacías, carentes de sentido…

“Necesito tu ayuda. Me la debes”, murmuró la otra.

Para otra mujer

La bruja no creía en la penitencia, como tampoco creía en la redención. Nunca se había arrepentido ni pedido perdón por nada, porque era de la opinión de que en esta vida uno toma sus decisiones y después debe asumir las consecuencias de aquéllas con todo lo que puedan acarrear. Pero, aún así, sabía que existía un infierno; múltiples de ellos, en realidad. Algunos físicos, otros más difíciles de encontrar en tanto en cuanto que la mayor parte del tiempo se alojan en el interior del individuo atormentado. Eran los más abundantes: aquellos infiernos que uno mismo se crea y de los que ella había visitado unos cuantos. Eran los más terribles. Por eso no sintió miedo cuando se internó en uno de los primeros, los físicos, en busca de un hombre.

Para devolverlo a otra mujer.

Caminó por parajes inhóspitos donde el tiempo y la distancia no importaban; donde no existían. Sorteó el fuego, las llamas… peleó contra innumerables bestias de las que moraban en aquel páramo sin saber con certeza cuánto tiempo estaba invirtiendo en esa impensable misión, o cuánto esfuerzo, porque tampoco importaban.

Él aguardaba. Para volver con otra mujer.

El hielo frío le cerró el paso y ella lo destrozó. Hizo añicos cada pedazo, cruzando entre los millares de cristales rotos, porque el hielo no era rival para su poder.

Venció a los vientos negros; las serpientes de nueve cabezas y envenenados colmillos no pudieron con ella; sometió a los centinelas de las ciudades de las almas en pena; se alzó por encima de sus paladines; consiguió que ante ella se rindiese el mismo miedo…

Para llegar hasta él. Y devolvérselo a otra mujer.

Y, de pronto, lo vio. Acosado, atormentado, casi vencido por el abismo… pero él: el que tanto había amado y que había perdido; el que tenía que devolver a los brazos de otra. Y, casi sin darse cuenta, comprendió lo que acarreaba el infierno, lo que significaba, el dolor que portaba consigo y lo que habría de hacer para salvarle.

Redención… Olvido…

Habla la bruja:

“Pienso en ti muchas más veces de las que me gustaría. En realidad, sólo hay unos pocos segundos al día en los que no piense en ti: los inmediatamente posteriores al despertar. Esos en los que todavía no se ha recuperado la conciencia plenamente. Después ya no me abandonas. Y te echo de menos… te echo de menos con cada fibra, con cada cabello, con cada poro de mi piel. Te echo de menos con mis manos, con mis labios, con mis ojos, con mis entrañas… y me pregunto ¿cómo se puede añorar tanto algo que no se ha tenido? ¿Cómo es posible que mi boca anhele el sabor de tu boca sin haberla probado? ¿Qué mis dedos te busquen, que mi garganta te nombre hasta la saciedad?

>>Libérame. Libérame porque tiras de mí como la luna de las mareas. Libérame. Bésame una vez, con un beso de verdad -uno de los que importan, de los que cuentan- y regresa con los tuyos.

>>Mi vida, mi amado…”

El aprendiz

El aprendiz removía el contenido del caldero con la mirada ausente, mientras vapores con aroma a canela y rosas floraban en el ambiente, impregnándolo todo. Comprendía lo que había sucedido -era el único que lo hacía-, aunque eso no le aportase consuelo. En la ciudad, más allá de los límites de la torre, una mujer morena sonreía porque había recuperado a su marido: sus hijos danzaban en torno a él, riendo alborozados. El hombre permanecía sereno, feliz, junto a los suyos aunque, de cuando en cuando, el murmullo del viento dejaba caer palabras extrañas en sus oídos. Palabras de amor que pronto olvidaría, que no evocaría más que vagamente, en sueños, como el recuerdo de una mujer que no llegó a tocar. Como la memoria de alguien a quien había besado una vez y que, después, se había evaporado.

Sí, la bruja se había ido. El aprendiz recorrió con la mirada los rincones de esa torre que ahora le pertenecía por derecho y pensó en ella unos segundos: tan joven y tan anciana al tiempo; con un poder quizá mayor del que él alcanzaría jamás… se había marchado. Sabía dónde estaba, pero ignoraba cuánto tiempo mantendría su recuerdo vivo en la memoria.

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