Hablar mejor para ser felices

Expertos en la ciencia del Lenguaje Positivo nos animan a perfeccionar la que es una de nuestras principales herramientas de comunicación.

Silvia Resa López/ Imágenes: Unsplash.com

Cuando digo “esto está rico, pero está demasiado salado” o “suelo tomar menos sal, pero está rico” ¿estoy diciendo lo mismo?; mi interlocutor entenderá, respectivamente, que emito un juicio o que le doy feedback, retroalimentación, si bien el contenido de mi observación es similar en ambos casos, más ¿cuál de las dos expresiones es la idónea?, ¿qué frase me permite conectar con la otra persona?, ¿es la primera o la segunda la que me hará sentir mejor?. De esto y más se ocupa el lenguaje positivo, que tiene rango de ciencia, avalado como está por expertos psicólogos, neurólogos y lingüistas, quienes ya saben que hablar mejor contribuye al bienestar físico, psicológico y emocional de las personas.

Afortunadamente’ es uno de los adverbios favoritos de expertos como Esther Ramos o Luis Castellanos; él es uno de los españoles pioneros de este novedoso saber que, concretamente, consiste en el manejo eficaz y eficiente de la palabra, para procurar bienestar y felicidad. Dos de sus títulos más recientes, “La ciencia del lenguaje positivo” y “El lenguaje de la felicidad” se ocupan de ello; “cuatro palabras imparables, que cuando las habitamos hacemos del mundo un lugar mejor: cada día seamos un poco más amables, un poco más compasivos, tengamos más alegría, cada día tengamos un poquito más de sabiduría”, dice Castellanos, que postula el “palabrario”, un lugar personal al que acudir cada mañana para habitar nuestra propia palabra, como si de un traje o un vestido se tratara.

Agrandar nuestro vocabulario

Tenemos, de media, un vocabulario que maneja 400 términos, que aumenta hasta los 3.000 en el caso de profesiones como la de escritor. Esas palabras nos facilitan una función importante para los seres humanos, la comunicación, cuya calidad y efectividad depende en gran medida del lenguaje que habitamos. Los expertos en neurociencia nos animan a aumentar nuestro repertorio y también a renovarlo, utilizando palabras positivas. Detrás hay un fundamento científico que vincula el funcionamiento neuronal, inmunológico y endocrino con aquello que pensamos, sentimos y expresamos, que en ocasiones no están alineados.

“Si nuestras conversaciones fueran diferentes, nuestra vida también lo sería”, dice Esther Ramos, de la consultora Alquimia, especializada en el desarrollo de directivos, equipos, competencias de liderazgo y transformación, específicamente desde el lenguaje positivo; “por lo que seleccionar las palabras para interactuar con los demás nos mejora la vida; se trata de darnos cuenta del poder que tienen si las elegimos y lo hacemos bien, pues cambian nuestra forma de ver y de sentir; además crean la realidad en la que vivimos, ya que si lo creo, lo veo, dado que el cerebro no sabe diferenciar lo real de lo imaginario”.

En tiempos de cuarentena “vivimos el momento más difícil de nuestras vidas, con todo vacío, un silencio que grita con fuerza, confinados en casas llenas… o vacías”, dice Ramos; “un mundo en el que dar negativo se celebra como positivo, donde Epi no es el compañero de Blas, sino un acrónimo específico, donde hablamos de aplanamiento, desescalada, guantes, distancia interpersonal, mascarillas que protegen al otro y como consecuencia nos protegen, donde decimos que saldremos mejores, como si lo hiciéramos de un convento”. “Es la primera vez que se vive un apagón del planeta, ¿qué papel tiene el lenguaje? ¿qué palabras empleas? ¿cuáles son las favoritas de tus personas allegadas? ¿por qué palabras quieres ser recordado?”

Dice esta experta que en esta época de confinamiento “hablamos más que nada con nosotros mismos, blableamos con palabras vacías, de usar y tirar, llenos de automatismos, sin actualizar; sin embargo, el acto de hablar implica comunicar y sabemos que, tal y como aseguraba Ramón y Cajal, palabra a palabra esculpimos nuestro cerebro

Las palabras son contagiosas y las positivas están cargadas de energía que nos recarga, según asegura Esther Ramos, para quien “los hechos son neutros, es nuestra mirada la que imprime al lenguaje el sentido positivo”.

Aikido lingüístico

La palabra japonesa “Aikido” se refiere a una de las artes marciales originaria de Japón en la que se emplea la energía del atacante para vencerlo. Tal es la estrategia defendida por la citada consultora, que en términos lingüísticos propone adaptar la energía de nuestro interlocutor para lograr el efecto “win-win”, esto es: ganamos todos. “Ante las mismas sensaciones, cada cual le pone una etiqueta que la convierte en nuestra propia experiencia, la cual pasa, pero no la palabra, que ocupa nuestra zona de confort, de ahí su efecto neurológico”, dice Ramos; “emociones positivas y negativas se generan en los mismos circuitos neurológicos, por lo que no se pueden dar a la vez y vence la de mayor intensidad”

Pero no sólo tienen poder ante los demás, sino también ante nosotros, pues “la palabra que te digas será la que oirás”, comenta la experta de Alquimia, que advierte de que “el uso limitado del vocabulario limita nuestra experiencia y también la vida emocional” y distingue cuatro rangos de términos resultantes del cruce cartesiano entre palabras positivas, negativas, de alta y de baja activación. Positivas de alta activación son aquellas palabras que nos hacen sentir bien; de baja activación las que siguen siendo positivas, pero con vibración menor, como “relajación”. Negativas de alta activación son las que nos producen malestar, como “sucio” o “caótico”, mientras que palabras negativas de baja activación son “molesto” o “preocupado”. Dice Ramos que el rango positivo de alta no puede superar el 20% del total de palabras de nuestro repertorio, mientras que en el caso de las negativas de alta activación no deberíamos pasar del 6%.

Programa de entrenamiento

En cuarentena, hemos de poner a dieta las palabras que consumen energía, que no aportan valor y nos apartan del bienestar”, recomienda Esther Ramos; “como son las generalizaciones y suposiciones de nuestro lenguaje, que vacían de contenido nuestra comunicación, que son neblina mental como los términos siempre, nunca, todos, demasiados o ningún, mediante los que pasamos desde una verdad limitada a una falsedad generalizada”. La citada experta nos invita a cuidar la forma en la que nos hablamos: “si digo que tengo que lavar los platos, ¿cómo me estoy hablando? lo que entiendo como obligación es lo que me digo; o también cuando me digo que no tengo tiempo”.

Ramos propone observar cuáles son las causas y las consecuencias de tales expresiones, a las que hemos de darles la vuelta; “los peros y aunques abren fisuras, en cambio si empleo la expresión ‘al mismo tiempo’, digo lo mismo sin colisionar”; “bien, mal, mejor y peor son palabras que nos llevan a juicios y emplear el ‘yoismo’ que hace referencia sólo a nosotros o las muletillas nos separan del otro, por lo que deberíamos incrementar los síes y evitar los noes en nuestras conversaciones”.

Más recomendaciones: el uso del modo condicional en las formas verbales “nos llevan a un mundo que no existe”, conviene eliminar las terceras personas “porque es importante concretar”, sustituir los “y si…” por los “haz como…” y “emplea sobre todo palabras como sí, afortunadamente o un poquito y en caso de duda, usa el silencio”; “hay que poner ciencia y conciencia al lenguaje, hablar en formato tweet”.

La experta Esther Ramos resume en un decálogo los principios prácticos del lenguaje positivo:

  1. Cuida las palabras y el tono en el que las pronuncias; si no vas a decir nada bueno, mejor cállate.
  2. Practica el Aikido lingüístico: usa las palabras para reducir conflictos y adapta la energía del otro para win-win.
  3. El lenguaje violento lo es, porque es inconsciente; los juicios, tener la razón o la culpa son elementos de ese tipo de comunicación violenta.
  4. Hazlo por ti y por tu cerebro: cuida tu lenguaje.
  5. Entrena la influencia: elige las palabras, elige a las personas; si no les influyes, tú serás el influido.
  6. Practica el egoísmo inteligente, esto es, empieza por ti mismo pues cuanto mejor estés, mejor estarán los que te rodean.
  7. Aprende a cortocircuitar lo más posible, que no te afecte el lenguaje negativo de otras personas.
  8. Crea tu gimnasio lingüístico: escúchate, estate presente; date cuenta de tus palabras, de cuáles encienden y apagan.
  9. Párate, enlentece tu comunicación, averigua cuál es tu RAE, tu diccionario.
  10. Amplía tu vocabulario, pronuncia y aprende nuevos términos, para que el lenguaje sea potente, conéctate a tus palabras.

El lenguaje positivo es la ciencia que casi todos intuimos y si nos aplicamos la sugerencia de la madre de Tambor, el inolvidable personaje de “Bambi”, se resume en la sentencia “Si al hablar no has de agradar, te será mejor callar”, lo que traducido en positivo vendría a ser: “Te invito a que utilices el lenguaje del silencio”.

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