Todo en orden

Los principios del Feng Shui nos ayudan a ordenar nuestro hogar.

Silvia Resa López

Imágenes: unsplash.com

“El papel que busco está por aquí, en alguna parte, no sé dónde, pero no ha salido de este escritorio” ¿cuántas veces habremos dicho u oído frases similares? Tras varias pilas de folios y libros, en un armario que cerramos con llave, para no dejar que su contenido se desparrame por la habitación o ese “cajón de las maravillas” que fagocita llaves que no abren, cuerdecitas, clips, pulseritas de eventos, sorpresas de los roscones de varios años y hasta tizas y botones que nunca vamos a buscar allí cuando las necesitemos; son los agujeros negros de nuestro hogar, en los que seguimos acumulando objetos día tras día, año tras año.

Podemos preguntarnos para qué: ¿para qué necesitamos tantas cosas que no nos dicen nada? Durante estos días quedarnos en casa por el estado de alarma nos permite dedicar algo de tiempo a poner orden en nuestras cosas y en nuestra vida.

Entre el orden y el desorden

Los principios básicos del Feng Shui, la milenaria técnica taoísta centrada en el fluir de la energía, se resumen en tres: orden, limpieza y seguridad. Cada uno necesita del anterior y los tres se complementan. De tal modo que es prioritario ordenar antes de limpiar y esta última acción es interesante de cara a evitar la acumulación de suciedad, que tendría efecto sobre nuestra salud en modo de alergias e incluso afectaría a la seguridad (facilidad para la propagación de un incendio, por ejemplo).

Orden, limpieza y seguridad nos producen sensación de bienestar, pues es más fácil localizar cualquier objeto que busquemos. La experta en organización Marie Kondo, en su libro “La magia del orden” reconoce lo sorprendente que es comprobar cuántas de las cosas que poseemos cumplieron su función, “al recordar su contribución y dejarlas ir con gratitud, seremos capaces de poner en orden las cosas que poseemos y toda nuestra vida”. En el reto del orden Kondo recomienda seleccionar, desechar y posteriormente ordenar. Para ello lo idóneo es empezar por lo más sencillo como la ropa, seguida de los libros, papeles, objetos diversos y, por último, aquellas cosas que representan un recuerdo sentimental, como las fotos.

Para esta experta existe un valor de las cosas que se distingue entre el económico, funcional, informativo y el de apego emocional: “guarda las cosas que hablen a tu corazón, pues reajustarás tu vida e iniciarás un nuevo estilo”.

¿Por dónde empiezo?

Los expertos en Coaching proponen entrenar el proceso de selección, contrastación y ordenación que requiere cada objeto que nos rodea. La selección requiere que identifiquemos la utilidad de las cosas que poseemos. Por ejemplo, todos tenemos prendas de vestir que no nos hemos puesto desde hace años, libros que no volveremos a leer, figuritas conmemorativas, ceniceros, campanitas y manzanitas antiestrés… ¿para qué tantas cosas?

Pero también está esa postal que nos envió aquel amigo tan especial, el trofeo que nos recuerda que somos los reyes del ‘petit point’ o esa entrada casi borrada que nos lleva a la noche de aquel año; “cuando topas con algo difícil de desechar” dice Kondo, “piensa detenidamente por qué quisiste tener ese objeto cuando lo conseguiste y qué significaba para ti en ese momento”. Si sigue siendo importante, quizá merezca la pena conservarlo.

Kondo sugiere que la selección sea temática, es decir, si nos centramos en la ropa, que apilemos todas las prendas en un lugar de la casa y empecemos. Claro que tal proceso de orden se puede personalizar, por ejemplo, haciéndolo habitación por habitación, o también por tipos de objeto, sin necesidad de agrupar todos los elementos de la misma categoría. En este sentido todo vale, siendo importante mantener la motivación de logro, fortaleciendo la autoconfianza en nuestras habilidades organizativas.

En el otro extremo

¿Qué ocurre si se produce el efecto contrario? Si se trata de que somos ordenados hasta un punto que afecta a nuestra manera de ser y relacionarnos. ¿Qué pasa si no podemos salir de casa si no hemos hecho la cama, no hemos recogido la cocina o aún no hemos colgado la ropa del día anterior? ¿Qué sucede si ordenamos, limpiamos y organizamos a pesar de que lleguemos tarde a nuestra cita o a nuestro puesto de trabajo? ¿Y si necesitamos disponer los objetos de nuestro escritorio colocados en líneas paralelas o perpendiculares al plano o los lapiceros con la misma longitud, los folios alineados y los libros colocados por tamaño o por colores?

Algunos expertos consideran que en tales casos existe una necesidad pretendida de control emocional, como si éste fuera posible, que se ejerce con las cosas materiales. Desde el Coaching nos invitan a entrenar el “desorden”; probar a salir de casa dejando la habitación “revuelta”, con la cama abierta, sin hacer. Revolver el escritorio, dispersando los bolis y demás elementos sin orden alguno. Dejar la ropa sobre la silla, los zapatos en el baño; permitiéndonos el desorden por un rato. Es preciso observar cuánto tiempo somos capaces de aguantar e ir ampliando el tiempo de exposición día a día, hasta que nos deje de molestar.

Tras cada episodio de “desorden” es conveniente preguntarnos cómo nos sentimos, qué es lo que pasa si dejamos de ser tan ordenados y cuál es el beneficio de nuestra nueva conducta. Claro que para entrenar esta última parte tendremos que esperar algunos días más.

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