Una experiencia africana: Gambia

Tralará

Gambia, mi primera vez en el África Subsahariana (Semana Santa 2011, del 15 al 24 de abril). Reconozco que lo primero que tuve que hacer fue mirar el mapa y entonces vi que el país es básicamente un río rodeado de una franja de tierra metida a capón en Senegal. Tiene una parte de costa llena de resorts que muchos visitan en plan ‘todo incluido’. Yo, personalmente, prefería llevarme una primera instantánea más auténtica y después de la experiencia, doy por cumplido el objetivo. El viaje, tal y como lo planteamos, combinaba turismo y solidaridad, aunque esta palabra, de tan manida, me suena de un repipi…

Resulta imposible contar todo lo que quiero, así que he intentado centrarme sobre todo en temas prácticos. Por ello, os remito, antes de nada a la Guía de Gambia que ha elaborado David Urbán, de la ONG Mensajeros por Gambia . A mí me ha resultado muy útil, así que le podéis echar un vistazo si tenéis pensado ir o si simplemente os pica la curiosidad. Y como sé que en estos tiempos más que nunca, estas cosas interesan, os diré que el viaje me costó unos 1.000 euros en total (avión, alojamientos, excursiones, regalos, comida…).

Planteamiento

En nuestro viaje tuvo mucho que ver la organización de caridad El Color de la Papaya, que lleva años ayudando a los niños de la escuela coránica de Kerrgallo y por extensión a todos los habitantes de esta pequeña aldea a 25 km. de la ciudad de Barra. No íbamos a trabajar con la organización en ningún proyecto, sino a contribuir económicamente con lo pagado por nuestro alojamiento, a llevarles en nuestra maleta medicamentos y ropa que nos proporcionó en su mayoría Mensajeros por Gambia y, sobre todo, a pasar tiempo y compartir experiencias con la gente. Esto te da una idea, aunque sea somera, de cómo es su modo de vida y su día a día y te hace más consciente del abismo que existe con el nuestro.

Preparativos

Lo primero, sacar el billete de avión allá por febrero. Nos costó 500 euros. Ocho horas de trayecto en total Madrid –Casablanca –Banjul, con Royal Air Maroc.

Otro tema previo son las vacunas, que hay que ponérselas con bastante antelación. En mi caso: la Hepatitis A, Hepatitis B, Fiebre Amarilla (te dan un certificado que dicen que luego te van a pedir para entrar, pero a nosotras no nos lo pidieron), Fiebre Tifoidea y Meningitis. El día antes del viaje (me parece) te dicen que hay que comenzar el tratamiento para la malaria, pero lo cierto es que el tomar la pastillita tampoco te asegura que no vayas a pillar la enfermedad. Es más una medida de profilaxis. El caso es que nosotras finalmente no lo tomamos porque es un medicamento muy fuerte, nos habían dicho, y en el lugar y la época apenas había mosquitos. Pero eso ya tiene que valorarlo cada cual.

Después de comprobar que podíamos alojarnos en esas fechas en la casa de  Gustavo Acevedo (fundador de El Color de la Papaya), contactamos con David Urbán para que nos enviase de Barcelona a Madrid un cargamento de batidos nutritivos que transportar hasta allá en nuestras maletas. Estos productos son donados por distribuidores aquí en España y sirven para paliar allí la desnutrición crónica que padecen muchos niños de la escuela de Kerrgallo. En esos momentos no había disponibles, así que finalmente llevamos ropa deportiva. Royal Air Maroc te deja facturar sin sobre coste dos maletas de 23 kgs.

Alojamiento

Excepto la primera noche y otra que pasamos en Badi Mayo, el resto del tiempo nos alojamos en la casa donde viven Gustavo Acevedo, su mujer Pilar y sus cuatro hijos, podríamos decir que en mitad de la nada, lo cual no deja de tener su encanto. La casa estaba muy bien, con unas pocas habitaciones para huéspedes confortables y limpias (anteriormente fue hotel), un precioso jardín, comida rica y casera que prepara Pilar y todas las comodidades a las que estamos acostumbrados los “occidentales”, como luz eléctrica (gracias a un generador): un lujo que no está al alcance de la mayoría de la población gambiana. Teníamos una habitación con baño para las tres. El agua de la ducha era fría, eso sí, pero se soportaba bien.

Kerrgallo

Nosotras estuvimos dos días en el pueblecito de Kerrgallo. Gustavo nos enseñó lo que está haciendo allí El Color de la Papaya. Estuvimos con los niños jugando al fútbol, cantando canciones y haciendo lo que se nos ocurría. Nos cogían de la mano y nos llevaban, un día al pozo, otro día a recoger casus (el fruto del anacardo)… Son muy abiertos. Es difícil la comunicación porque sólo hay unos pocos mayores que saben cuatro palabras de inglés o de español, pero, al final, casi es lo de menos porque es fácil conectar con ellos.

En la explanada de Kerrgallo, al lado de la escuela, hay una mesa de cemento al aire libre pero con un techito de paja, que lo llaman el restaurante. Es una forma de financiación también para el proyecto. Nosotras comimos arroz con pescado un par de días allí. Sale por 100 dalasis (unos 2,6 euros. El cambio es más o menos 1 euro=38 dalasis) y es una experiencia muy agradable.

Turismo

Ginack: Es una playa desierta a la que no llega el turismo masivo. Siete kilómetros de arena y agua para nosotros solitos. Está además muy cerca de la granja de Gustavo y tiene un único chiringuito con una comida muy rica (900 dalasis, 5 personas. A 4,7 euros cada, para evitaros hacer la cuenta). Pasamos un día muy relajado allí. El dueño del chiringo tiene tres cabañitas muy bien acondicionadas en las que se puede pernoctar con garantías de absoluta tranquilidad.
Banjul: Desde la casa de Gustavo hay que ir hasta Barra atravesando el río Gambia en ferry. La primera vez que lo coges, tiene su encanto. Es un batiburrillo de mujeres con trajes de colores y sus niños colgados a la espalda transportando mercancías en la cabeza, vehículos cargados de ovejas, hombres que llevan pollos vivos para vender o cualquier otra mercancía inverosímil… Pero, aparte de lo bien que te lo pasas observando, la experiencia se puede hacer un tanto tediosa porque tardas mínimo una hora y media entre la espera y la travesía. Banjul es una pequeña y típica ciudad africana. Sin grandes monumentos ni cosas que ver, es sin embargo, recomendable callejear y empaparte del  caótico ir y venir de los viandantes, los carros, los animales… Nosotros pasamos la mañana en el Albert Market, que es más para gambianos que para turistas, pero tiene su encanto. Pero si no te gusta que te agobien, ni pises por los mercados. Comimos en un chiringuito playero llamado Nefertiti. No lo recomiendo. Es caro, lentísimo y la comida bastante penosa.

La playa de Banjul está dividida. La parte de los pescadores es pintoresca, pero está llena de basura. Si seguís andando llegáis a la playa propiamente dicha donde hay muuucha gente jugando al fútbol y haciendo deporte. Así están todos de cachas. Ese mismo día tuvimos un incidente surrealista con un cayuco, al cruzar el río por la tarde-noche. Resumo: casi nos envistiese el ferry, algunas metimos el pie en unos botes de mayonesa, terminamos en una comisaría con unos tipos que nos reclamaban dinero y treinta mirones intrigados por ver qué pasaba con los turistas, revendimos los botes pisados de mayonesa, el taxista nos perdió de camino a la granja a las tantas….En fin, una odisea hilarante.
Barra: En esta ciudad estuvimos viendo el partido Madrid-Barça con gente de la fábrica de batiks. Increíble la afición al fútbol español que hay allí. Se reúnen en lo que llaman video-club, que no es más que un local cochambrosillo con dos televisiones enganchadas a un generador de luz.

Badi Mayo: Está a tres horas y pico de la casa de Gustavo. Tiene mucho encanto porque es un lugar en mitad de la selva, al que se accede en barca. Está dedicado al estudio y recuperación de chimpancés, y dirigido por un estadounidense jovencillo y simpaticón: Matthew. Hicimos noche allí en unas tiendas/cabañas muy bien acondicionadas entre maleza. Sólo hay cuatro cabañas de dos plazas, así que allí estábamos solos escuchando los sonidos nocturnos de la selva, que sobrecogen. Las comidas, muy buenas, por cierto, las hicimos cabaña de madera al borde del río. La primera tarde hicimos una excursión en barca por el río y vimos a los chimpancés, que están aislados en un islote del río porque son peligrosos, pelícanos, hipopótamos, un cocodrilo y monos. ¡Llevaos los prismáticos! Ese paseíto estuvo genial. Sin embargo, el de la mañana siguiente fue una decepción. Era a pie y sí, vimos el río desde distintos lugares, pero el guía que nos acompañaba, ni abrió la boca. Pagamos unos 500 dalasis cada uno por el viaje (13,1 euros) y 4.500 dalasis por comidas, paseos, alojamiento… (118 euros). Aún siendo caro para el estándar gambiano, en mi opinión, sólo la experiencia de estar aislada en mitad de la selva escuchando el sonido de los hipopótamos y otros animalejos (inidentificables), merece la pena.

Tanji: Es un pueblo pesquero con una trepidante actividad por las tardes, cuando llegan las barquichuelas con el pescado y la gente, las mujeres sobre todo, se meten en el agua hasta la cintura para recoger la pesca, llevarla hasta la playa con sus barreños en la cabeza y dejar allí la mercancía a las limpiadoras, vendedoras, transportistas y demás. Fuimos con Lamin (uno de los guías de confianza de Gustavo), quien nos llevó también a un recinto de ahumado de pescado al modo más tradicional que podáis imaginar: unas brasas debajo de los soportes donde se colocan miles de peces.
Fábrica de batiks de Kanuma: A media hora andando desde la casa de Gustavo por el camino de tierra que lleva a Kanuma, hay una fábrica de batiks, que son telas con motivos africanos pintadas artesanalmente. Son preciosas y merece también la pena charlar con los que allí trabajan, y especialmente a Alfu, la cara visible de la fábrica. Los batiks más caros, mucho más baratos que en cualquier mercadillo turístico, son a 300 dalasis (8 euros) y además, tienen un acuerdo con Gustavo para colaborar con un porcentaje de sus ventas con la escuela de Kerrgallo.
Mercado de Brikama: Aparte de los batiks, merece la pena, si queréis traer algún regalillo o lo que sea, ir al mercado de Brikama donde trabajan artesanos de la madera. Por 350 dalasis (9 euros) puedes conseguir figuritas muy pintonas o máscaras. Eso sí, hay que sudar tinta  china con el regateo. En general, en todas partes (no así en la fábrica  de batiks, que tiene precios fijos) hay que partirse el espinazo regateando, a menos que te conformes con pagarlo a un precio caro para Gambia y barato para España, que es otra opción.

Advertencias

Si vais a hacer excursiones por vuestra cuenta, dejad bien atado de antemano todo lo referente al precio. Fijad previamente, por ejemplo, quién paga la gasolina, las comidas del guía, etc. ¡Todo!, que si no, lo más probable es que si pueden sangrarte, te sangren. Nosotras hicimos alguna con guías de confianza de Gustavo: Ousman Joof y Lamin que es el que suele ir a recoger a la gente al aeropuerto. Por cierto, que al bajar del avión el primer día nos hicieron pagar 30 euros por un visado que en teoría no necesitas y si hubiese estado Lamin habríamos evitado la estafa.

En general, aunque hay que andar con mucho ojo con el tema del dinero, nuestra experiencia con los gambianos ha sido muy positiva. Son muy abiertos y nos han tratado muy bien. Modu (traductor y punto de unión entre Gustavo y la gente de Kerrgallo) nos enseñó su casa. Es un tipo encantador y habla inglés. En la aldea es casi el único y en el país tampoco encuentras mucha gente que lo hable, a pesar de ser el idioma oficial por haber sido colonia británica. Hablan sus propias lenguas o dialectos.

También estuvimos en casa de Alfu la noche del partido de Copa del Rey, alumbradas por una vela y tomando un té que hacen fortísimo y con una tonelada de azúcar… Otro día, Alfu vino a actuar con su grupo de bailes mandingas a la granja de Gustavo. Eran unos doce, entre bailarines y músicos no profesionales, con sus instrumentos de percusión. Uno de los bailarines iba disfrazado con una máscara bailando alrededor del fuego. Lo que te deja embobada es la energía que desprenden y el ambiente mágico-místico que se crea con el redoble de jambes y el fuego. Les pagamos 60 dalasis cada uno (1,5 euros). El último día tomábamos el avión de regreso muy tarde y Lamin nos invitó a cenar en su casa, a la que llegamos después de que su coche nos dejase tirados en mitad de la carretera con la correa de distribución echa añicos. Con Ousman, otro de los guías, un chavalín de 20 años, bastante “cultivado”, también pasamos muchos y muy buenos ratos. Nos habló bastante de su vida y charlamos sobre temas de lo más variopintos, desde los árboles autóctonos de la zona hasta cómo se trata el tema de la homosexualidad en su país. Resultó muy interesante. Uno de los últimos días ¡hasta nos llevó un regalo a la casa de Gustavo!

En conclusión, recomiendo Gambia no por las playas, ni por los mercados, ni por los animales salvajes que vayáis a ver, sino por tener la oportunidad de conocer otras maneras de vivir, como diría Rosendo. Y si buscáis experiencias intensas, las vais a encontrar; sólo se trata de mimetizarse al máximo con el paisaje humano de este trocito de tierra africana.

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