gran torino eastwood
El Gran Torino, 2008.

Filmoterapia, el cine nos cura

En su libro, el psicólogo Jaime Burque propone 100 películas que pueden mejorar nuestras vidas.

Silvia Resa López

Son 100 películas distinguidas por sus claves filmoterapéuticas y por sus fortalezas psicológicas las que el experto Jaime Burque recomienda en su libro “Filmoterapia”, de publicación reciente y que podría acompañarnos en la mejora de nuestro bienestar emocional ¿Quién se apunta a ver o volver a ver alguno de esos largometrajes y encontrar lo que quizá debamos descubrir?

Cuando vemos “Warrior”, “Cadena perpetua”, “La vida de Brian”, “El discurso del rey”, “Doce hombres sin piedad”, “Matar a un ruiseñor”, “Amélie”, “Gente corriente”, “American beauty”, “En busca de la felicidad”, “El apartamento”, “Atrapado en el tiempo”, “El guerrero pacífico”, “Eva al desnudo”, “Mary Poppins”, “Alien el octavo pasajero”, “Cuentos de Tokio”, “Mi vida sin mí”, “Interstellar”, “Forrest Gump” y otras ochenta más puede que en algún momento se nos encienda una lucecita; es el llamado insight o epifanía es decir, ese “darse cuenta de algo” que puede ayudarnos en el logro de nuestros objetivos. Tal es la relación bidireccional redescubierta por Jaime Burque en su libro “Filmoterapia” entre los mundos del cine y la psicología.

Eva al Desnudo, 1950.

“Vernos reflejados en un personaje o en una escena determinada es útil para reflexionar, ser más conscientes de nuestras vidas o analizar nuestros mayores miedos”, dice Jaime Burque, psicólogo de la escuela cognitiva conductual y autor de Filmoterapia: 100 películas inspiradoras; “entender mejor las relaciones, salir de una crisis, afrontar un reto o sentirnos mejor son algunos de los efectos promovidos por la interacción entre psicología y cine”.

Aunque no siempre ha sido así, ya que según defiende Burque durante buena parte del siglo pasado la relación entre psicología y cine era unidireccional: “la psicología era una fuente inagotable de historias para el cine, donde se reflexionaba acerca del porqué de los puntos débiles del ser humano”; “sin embargo, a finales de la década de los 90 confluyen tres elementos, como son la psicología Positiva de Seligman, presidente de la Asociación Americana de Psicología, cuyo objetivo era el estudio del funcionamiento óptimo de las personas; en segundo lugar, el desarrollo de Internet y con ello la facilidad de divulgación de los contenidos audiovisuales, entre los que destacan las películas; en tercer lugar, el crecimiento de la Red ha llevado a su vez a la expansión del pensamiento multidisciplinar, donde confluyen diversas corrientes”.

“Hace quince años empecé con mi consulta con toda la teoría del mundo y pronto me di cuenta que se requería algo tan básico como que la persona a la que trataba fuera consciente de su proceso”, dice Burque; “en uno de esos momentos de terapia le pregunté si había visto la película Gatacca y enseguida le mostré una escena con la que el paciente tuvo una epifanía, se dio cuenta de algo que necesitaba para mejorar”.

Este hallazgo le valió a Jaime Burque para indagar en el mundo del cine y su relación con la terapia: “observé que el cine estudiaba y reflexionaba acerca de  los trastornos psicológicos, pero pocos filmes hablaban de terapia o de bienestar emocionales” La puesta en marcha de la web y el blog versados en tales temas fue lo que más tarde daría luz al libro “Filmoterapia”.

Intocable, 2011.

Hijo y hermano de psicólogos, Jaime cuenta con un nexo más con el mundo del celuloide: su hermano Manuel es actor y tiene su peculiar teoría con respecto a todo ello; “el cine casi siempre es un espejo, aunque se puede modelar ya que las realidades no contadas por la cultura, se empoderan al relatarlas en una película, en un guión”; si bien es cierto que existe una distancia “nadie es siempre como le da la gana, es decir, en el día a día las personas son muy distintas de los personajes cinematográficos y no cambian tan fácilmente como estos últimos”.

Gente Corriente, 1980.

Para el actor, embebido de la cultura terapéutica del hogar de su infancia, “el personaje ha de lograr su objetivo, pues en el caso contrario significaría que no lo habría superado y eso no conduciría a ninguna parte, posiblemente”; “la descripción en la película puede ser una terapia en sí misma, por ejemplo, ver a dónde puede llevarte la envidia, cuáles son los obstáculos internos, externos o filosóficos que nos impiden seguir”; Manuel cita “Pequeña Miss Sunshine”, dirigida por Dayton y Faris en 2006: “la búsqueda del éxito en el caso del padre y la aceptación en la del personaje del abuelo pugnan a lo largo de la película, hasta que la familia se da cuenta de que el triunfo lo consiguen adoptando la autenticidad”.

Valores que se traducen de las 24 fortalezas psicológicas definidas por los psicólogos Seligman y Peterson a partir de su cuestionario VIA Inventory of Strengt (Cuestionario VIA de fortalezas personales), agrupadas ahora en seis categorías por el autor de Filmoterapia: sabiduría (que incluye pasión por aprender, curiosidad, mente abierta, creatividad y sabiduría), coraje (donde entran la valentía, persistencia, integridad y vitalidad), humanidad (que agrupa la generosidad, el amor y la inteligencia social), justicia (abarca la propia justicia, el civismo y el liderazgo), templanza (autocontrol, humildad, prudencia y perdón) y trascendencia (buen humor, esperanza, apreciación de la belleza, gratitud y espiritualidad).

La vida de Brian, 1979.

A esto se unen las claves filmoterapéuticas: “cada una de las cien películas que proponemos están categorizadas con estas claves que invitan a hacernos una idea sobre lo que la historia nos podría aportar”, explica Jaime Burque, que ha incluido entre las favoritas la española “Requisitos para ser una persona normal”, dirigida por Leticia Dolera, que es también coprotagonista con Manuel Burque. En este caso las claves identificativas son: quién soy, soledad, relaciones afectivas, pensamiento crítico, los “debería”, zona de confort, autoestima y familia, entre otras. Entre las fortalezas psicológicas Burque destaca el amor, mente abierta, generosidad, valentía o esperanza. Y es que, en el planteamiento de inicio de la película, para ser “una persona normal” es preciso: tener pareja, casa, trabajo, vida social, vida familiar y, por supuesto, ser feliz; “la palabra normal se ha convertido en uno de los caballos de batalla de los terapeutas, ya que por debajo existe una idea irracional que distorsiona la realidad de las personas”, dice el autor; “la protagonista sufre esas consecuencias al intentar cumplir todos los requisitos para ser esa persona normal” Sin destripar la historia, lo cierto es que cuando ésta termina sus personajes han conseguido evolucionar, de una manera o de otra.

Aunque no todo es oro, pues en opinión de Jaime Burque “en ocasiones, en el cine algunas cosas se las cargan, las desvirtúan, como el amor, el sexo o la belleza, y acaban siendo imágenes distorsionadas que generan una influencia negativa en las personas que lo ven”.

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